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La llamada “nueva normalidad” nos ha impuesto medidas de prevención sanitaria contra el Covid que no todo el mundo está siguiendo. Esto genera miedo y angustia a las personas que sí se preocupan por proteger y protegerse, y les supone, a veces, una disyuntiva entre mantener su postura cuidadosa a pesar de ser vistos como exagerados, o seguir la corriente y relajar las medidas cuando se está en compañía de familia y amistades que no ponen estos cuidados.

Rebajar sus precauciones les acerca (nunca mejor dicho) a ellos, pero les supone una lucha interna entre seguir sus principios o los ajenos, lo que les causa ansiedad, impotencia y, a veces, enfado por ceder a presiones directas o indirectas. Incluso en ocasiones, se producen discusiones entre los que defienden cada postura.

 

Tener el control

Las personas necesitamos sentir que tenemos control sobre lo que nos ocurre y, en aquello que no podemos controlar al menos darle un sentido y explicación. Esto nos aporta un nivel de seguridad y estabilidad, al poder predecir lo que va a suceder en base a lo ocurrido previamente, a nuestras capacidades personales de afrontamiento y el nivel de justicia o indefensión según asociemos lo que sucede a un motivo u otro.

Una de las maneras que encontramos para sentir que podemos manejar la situación es incrementar las habilidades personales de afrontamiento: informarse adecuadamente, tomar medidas sanitarias efectivas a pesar de las limitaciones que suponen, manejar correctamente las emociones que surgen, desarrollar una comunicación asertiva ante tensiones con personas que actúen en contra de sus principios y salud… Es decir, ejerciendo la responsabilidad personal del bienestar propio, aunque sepan que no basta con su acción y confíen en que los organismos implicados harán su parte, pero no se limitan a esperar que otros cuiden sus intereses.

Por ello, los ciudadanos más “cumplidores” se sienten a menudo indefensos e impotentes, expuestos al peligro que pretenden evitar con sus cuidados, porque otras personas no lo toman tan en serio. Les parece injusto que ellos limiten su vida por el bien común, mientras otros disfrutan como si no hubiera peligro, y pueden llegar a reaccionar de manera agresiva cuando presencian situaciones de posible riesgo de contagio, como grandes grupos de personas sin mantener la distancia de seguridad y sin mascarilla. Como solución a la despreocupación generalizada, pueden acabar aumentando sus propias medidas de prevención, reduciendo sus reuniones (aunque se protejan) y salidas, y a veces cayendo en el aislamiento y obsesión compulsiva por la higiene.

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Reducir la ansiedad

Otros modos de reducir la ansiedad que nos supone no controlar lo que nos ocurre consiste en rebajar (real o pretendidamente) la amenaza, la peligrosidad de lo que no podemos manejar. Así, si no se puede hacer que la situación mejore cambiándola, evitándola o aumentando nuestras capacidades para manejarla, podemos darle otro nivel de importancia y, al considerarlo menos peligroso, ya no estamos tan asustados por no controlarlo.

La negación del peligro es un recurso defensivo muy habitual, a menudo realizado de manera inconsciente, para incrementar la propia sensación de seguridad. Pero es una estrategia ineficaz y peligrosa puesto que, como se ignora el peligro, no se ponen en funcionamiento los recursos necesarios para hacerle frente, con lo que la amenaza real sigue presente.

Existen niveles de negación de la realidad, desde una ligera minimización de las consecuencias a creer que es todo un engaño para asustarnos, pasando por el esfuerzo de no atender las señales de alarma. Así se escuchan frases como: “No es para tanto”, “Seguro que no pasa nada si…”, “No se puede vivir con miedo, así que actúo como si no hubiera peligro”; o buscamos apoyo en la experiencia previa (interpretada según la conveniencia, no científicamente, para eliminar la distorsión cognitiva de creer que hay peligro pero no poner medidas de prevención): “Ya lo he hecho así otras veces y no me ha pasado nada”, “Si fuera tan peligroso habría más casos graves”, etc.; y, por último, extraemos información descontextualizada o incluso falsa y la usamos como si fuera una certeza: “Si es un resfriado más…”, “Yo no conozco a nadie que lo haya pasado, creo nos están engañando”, “Es todo un complot”.

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Recursos para afrontar problemas

Según el tipo de persona, sus recursos de afrontamiento de los problemas, sus rasgos de personalidad, su manejo de las emociones y su nivel de responsabilidad y respeto a las normas, así habrá vivido la primera parte de esta pandemia: el inicio, el confinamiento, la desescalada y la “nueva normalidad”.

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Y en esta nueva etapa de rebrotes y posible nuevo confinamiento, o al menos restricciones, influye además la experiencia que haya tenido cada uno en la primera parte del Covid: si ha estado o no enfermo, ha tenido a personas cercanas enfermas o fallecidas a causa de esta enfermedad, su vivencia de percepción de peligro y cómo ésta ha evolucionado a lo largo de estos meses; cómo ha gestionado las emociones que haya ido sintiendo.

Y la primera experiencia de la reclusión en casa también va a influir en cómo afrontemos un posible nuevo confinamiento. Hay que tener en cuenta que para ciertas personas ha sido duro emocionalmente (soledad, aburrimiento, ansiedad y miedo, incertidumbre, temor por el futuro laboral, miedo por personas queridas, impotencia para ayudar o visitar a familiares, pena, rabia por la imposibilidad de llevar a cabo planes importantes planeados…) y logísticamente (espacio reducido en casa sin posibilidad de esparcimiento, falta de recursos informáticos para todos los miembros de la familia para teletrabajo y telecolegio, dificultad para ejercer de profesores de los hijos, etc.); a nivel relaciones (peleas familiares por reparto de tareas que antes se organizaba diferente, falta de tiempo para descanso y ocio por ocuparse de trabajo, casa y niños, estrés por no llegar a todo, culpa por ello, menor tiempo y posibilidades de ocio de pareja; discusiones con pareja y/u otros miembros de la familia por diferencias en las medidas de prevención adoptadas…).

 

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Imaginar el confinamiento

Todos estos hacen que a la hora de imaginar un nuevo confinamiento se sientan asustadas y desbordadas, dada su vivencia anterior. Para muchos el tiempo de “normalidad” y el hecho de que no haya sido “normal del todo” no ha sido suficientemente reparador y aún arrastran el miedo y el cansancio emocional. Para otros en cambio, les ha supuesto reponerse emocionalmente y sentirse preparados para un posible nuevo confinamiento, si es que se puede estar preparado.

El hecho de que la cuarentena de primavera se fuera alargando sin conocimiento de cuándo iba a terminar fue vivido por muchos con indefensión e incertidumbre y ahora temen que vuelva a ser así: sin saber hasta cuándo, sin sensación de control. En cambio, para otros, el hecho de tener una fecha aunque luego se modificaba, ayudaba a tener una meta, a aguantar hasta que se volvía a posponer y se marcaban otro tiempo de espera. Cada uno vive la incertidumbre con sus recursos personales y esto también va a ayudar o perjudicar en una situación de confinamiento futura.

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Así que las reacciones emocionales futuras dependen de si la etapa anterior se ha fortalecido y mejorado la capacidad de control, o ha supuesto una exacerbación de los factores de vulnerabilidad previos, incrementando las reacciones con nuevos episodios estresantes. Este efecto de sensibilización es uno de los principales predictores del trastorno de estrés postraumático.

 

Variación de las emociones

Las emociones van a oscilar entre quien lo viva con tranquilidad porque no perciba peligro o se sienta preparado y seguro, y quienes lo vivan con gran temor y ansiedad porque no perciban control sobre lo que sucede, viéndose a merced de la situación y la responsabilidad de otros. Y, como en la etapa anterior, una misma persona puede variar su vivencia emocional según vaya avanzando el periodo de alarma sanitaria.

Lo importante es tener conciencia de nuestros propios recursos emocionales y prácticos, de apoyo social y familiar, evaluar las situaciones de la manera más objetiva posible, acudiendo a fuentes fiables, e identificar cuándo empezamos a sentirnos sobrepasados y no temer pedir ayuda para resolverlo. Considerar que, igual que cuidamos nuestra salud física, la estabilidad emocional es salud y debemos cuidarla.

 

 

 

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