La elección entre tomar un fármaco o embarcarse en una psicoterapia a menudo se percibe como una dicotomía, pero en realidad, ambas opciones no son mutuamente excluyentes; más bien, son complementarias. Desde mi perspectiva como psicólogo, me especializo en la terapia cognitivo-conductual, considerándola como la más efectiva. Esta abordaje no solo se centra en el proceso terapéutico, sino en dotar a la persona de herramientas y estructuras que le permitan aprender habilidades aplicables a diversas situaciones, incluso después de finalizar la terapia.

Limitaciones de psicoterapia

La psicoterapia busca, en esencia, que la persona realice acciones y adquiera conocimientos para mejorar su bienestar. Sin embargo, para lograr esto, es crucial que la persona se encuentre en un estado lo suficientemente cómodo para abordar las situaciones, sin estar abrumada. Aquí radica el quid de la cuestión: si la psicoterapia está facilitando la tarea mediante propuestas de experimentos, reflexiones y su aplicación en la vida cotidiana, la persona experimentará beneficios. Sin embargo, si el bloqueo es significativo, si la angustia es abrumadora y la capacidad de ver más allá del problema se ve obstaculizada, la medicación puede ser una valiosa ayuda, aunque no siempre necesaria de manera permanente.

La evaluación cuidadosa de la necesidad de ansiolíticos o inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina dependerá de los objetivos terapéuticos y del nivel de bloqueo que experimenta la persona. En algunos casos, la combinación de varios enfoques farmacológicos puede resultar más eficaz. Por ende, una psicoterapia debe centrarse en proporcionar la ayuda necesaria en las mejores condiciones posibles.

 

Limitaciones de los fármacos

Es cierto que un camino más sencillo puede llevar a resultados más rápidos, pero también puede provocar una disminución en la motivación, ya que la persona puede no sentir la misma urgencia para realizar cambios. En última instancia, encontrar el equilibrio adecuado entre medicación y psicoterapia es un proceso intrincado, que depende en gran medida de la situación única de cada individuo. En este contexto, tanto la medicación como la psicoterapia se presentan como aliadas complementarias en el complejo entramado de la salud mental.

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