El concepto de resiliencia lo tomamos prestado de la ingeniería o la arquitectura y en concreto de las características que definen los los distintos materiales. Hace referencia a la capacidad que éstos tienen para volver a un estado anterior, tras un proceso de presión, estiramiento y deformación. En psicología la presión está referida a preocupaciones, pérdidas, conflictos, problemas de salud… siendo el estado anterior el de calma y bienestar. Cuando una persona ha de soportar incertidumbres, inseguridades, adversidades… en ocasiones se derrumba, en otras sale fortalecido y consigue ser más fuerte que antes. No todo el mundo es igualmente resiliente.

Resiliencia: capacidad de los materiales para deformarse y volver a su estado previo.

Según nuestras las características de cada uno, vivir ciertas situaciones producirá efectos distintos. situaciones como un posible despido, muchas cosas pendientes que no acaban de atenderse, muerte de personas queridas, diagnóstico de enfermedades graves… Hay quienes se hunden y otros que salen más reforzados, o por lo menos no dañados. A esto se le llama resiliencia. Según lo resiliente que es cada uno, así hará frente a sus circunstancias con mayor o menor éxito.

No a todo el mundo le afectan de igual modo los mismos acontecimientos

 

Por tanto, ¿qué características debe potenciar una persona para protegerse y manejar mejor la la ansiedad y la tristeza?

Todas las características están entrelazadas. Son habilidades que se complementan y potencian la resiliencia. Veamos las principales:

1.- Capacidad para crear expectativas realistas. No siempre somos capaces de asumir lo que podemos obtener en una situación, o somos capaces de aceptar las dificultades a las que nos vamos a enfrentar. Ser capaces de entender lo que tenemos y ajustar las expectativas a lo que conseguiremos, nos hará más fuertes ante el ansiedad y la tristeza.

2.- Hacer que las situaciones a las que nos enfrentamos sean un reto. Hay que afrontar situaciones asumiendo o aceptando que es lo que toca. Enfrentarse a una tarea y estar deseando alejarse todo el tiempo, no hace que la percepción sea de reto. Es frecuente que nos enfrentamos a malestares cotidianos que posponemos, o tapamos aun cuando sabemos que vamos a tener que afrontar. En este caso, no decidimos pasar ese mal trago y nos suele pillar a contrapié. La sensación que tiene alguien que hace frente cuando no decide pasarlo algo mal, es la de que no consiguió evitar lo que temía. Siente fracaso, rabia o incluso culpa por no haber sido capaz de evitarlo. Es frecuente que en realidad nunca se pudiera evitar, simplemente había que decidir hacerlo y vivir las consecuencias que le acompañan.

3.- Optimismo, en comparación al pesimismo. Podemos decir que el pesimista suele ver más los aspectos negativos porque se enfoca en lo que falta, en lo que ha de mejorarse. De este modo tiene la sensación de que una vez resueltos todos los peros, podrá disfrutar de lo que desea. Siente que habrá alcanzado su meta.

La tendencia del pesimista es la de destinar mucha energía a encontrar las soluciones que necesita. Puede creer que si no se presiona y no está atento a lo negativo, no conseguirá su fin y fracasará. Por tanto el pesimismo tiene partes buenas pero ayuda poco a la resiliencia de cada uno. Perseguir el éxito desde el pesimismo desgasta. En cambio hacerlo desde el optimismo implica en parte saber adaptar las expectativas, y ser capaz de hacer renuncias para conseguir el máximo dentro de unos márgenes realistas. De nuevo potenciamos nuestra resiliencia de este modo.

4.- Encontrar el punto adecuado de exigencia y capacidad para hacer renuncias. Este punto está muy ligado a los dos anteriores. Es muy bueno ser exigente o autoexigente, pero si no sabemos escuchar nuestras sensaciones de desgaste y hacer renuncias a tiempo, cuando nos queramos dar cuenta nos habremos quemado más de lo necesario. Quizás para entonces sea tarde y deberemos pagarlo con ansiedad o tristeza, por no haber renunciado a algo previamente.

Si no hacemos las renuncias a tiempo, pasará lo que tenga que pasar, pero no será usted quien lo haya decidido. Podemos renunciar a no hacer determinadas cosas, a posponer nuestro planes, pero también a veces hay que renunciar al aprecio de otros por decir algo incómodo, a no acabar una tarea de manera perfecta…

5.- Saber darle la importancia correcta a las cosas. Sea realista, valore las consecuencias que se derivan de lo que a diario vive. Hay consecuencias inevitables, hay que aprender a vivir con ellas sin perseguir que cambien. No ser capaz de calibrar adecuadamente la importancia de lo que ocurre alrededor nuestro, puede potenciar enormemente la vivencia de malestar. Si nos enfocamos en el daño que nos producen los diferentes acontecimientos nuestra resiliencia se irá al traste.

6.- Aumentar la capacidad para afrontar las críticas de los demás cuando se toman decisiones, o se defienden necesidades. Cuanto mejor afrontemos las opiniones negativas, menos desgaste sentiremos. Los que manejan bien este tipo de situaciones son más resilientes.

Cuando nos enfrentamos a las opiniones de los demás, o incluso a nuestra propia valoración, podemos confundir la parte con el todo. Podemos pensar que porque hayamos pedido un favor, ya somos unos pesados, que porque hemos cogido la última aceituna del plato somos unos egoístas, porque hemos llegado tarde somos unos impresentables… Así pues la primera idea es cuestionar si la parte es igual al todo. Es evidente que a veces lo es, pero muy frecuentemente es una cuestión más de miedo a que sea cierto y a no permitir que lo puedan pensar, y no tanto un reflejo de una realidad.

 

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7.- Conseguir un Locus de control interno. Utilizamos este concepto para definir dónde se halla la percepción de control de la persona sobre las situaciones del día a día. Si el control es externo no sentiremos que podemos resolver lo que nos preocupa, o influir de una forma clara en la soluciones que deseamos a nuestros problemas o preocupaciones. Sin embargo, cuando es interno conseguimos seguridad, disminuimos la percepción de incertidumbre y amenaza. Potenciamos la autoestima y la resiliencia. Potenciar el locus de control interno nos hace más resistentes ante la ansiedad y la tristeza.

8.- Potenciar apoyos sociales y actividades de ocio. La capacidad individual para buscar y mantener relaciones sociales, unida a la capacidad para desarrollar actividades de ocio que ilusionen y estimulen, son potenciadoras de la resiliencia. Nos permiten hacer de contrapeso ante otras situaciones de ansiedad o tristeza que nos desgastan.