Cuando nos quejamos podemos obtener de los demás entendimiento y reconocimiento, y por supuesto también podemos recibir compasión. Esta emoción puede despertar en muchas personas incomodidad. No quieren mostrarse como débiles o victimistas. En algunos casos la posibilidad de que los demás confundan una queja sana con victimismo se puede hacer insoportable e impedir la propia reflexión sobre lo que uno siente.

Quejarse produce con frecuencia presión sobre quien recibe la queja. Sin quererlo se puede transmitir la sensación de responsabilidad sobre su malestar. Puede parecer que ante la queja, el otro debe ser capaz de encontrar algún consejo o solución para que de ese modo el malestar desaparezca. Esta percepción de quien recibe la queja puede ser cierta o no, pero la realidad es que tiende a ponerle al receptor, a la defensiva sobre todo en los casos en los que se repite. Si se establece esta dinámica de incomodidad, se potenciará también la tensión en el que se queja. Se sentirá criticado, y percibirá las respuestas en los demás como si le estuvieran diciendo: «si te quejas es porque quieres». Cuando se recibe esa respuesta aumenta la posibilidad de sentirse mal y ponerse a la defensiva.

El caso es que cuanto más se quiere evitar ser una carga, más fácil es intentar minimizar el malestar, la tristeza o el daño que alguien padece. Es una estrategia que bien utilizada puede ayudar mucho a soportar la frustración y a tolerar sensaciones negativas. Por otra parte no saber mostrar el malestar puede iniciar una espiral de acciones que pueden tener efectos negativos. Puede llevarnos a estar constantemente cuidando a las personas que nos rodean, casi como una conducta compulsiva, las personas que no saben quejarse, buscan con frecuencia a personas, a parejas por ejemplo, para cuidar. Mientras se atiende a alguien que necesita ayuda es más fácil olvidarse de las necesidades de uno mismo.

Quienes no han aprendido a quejarse en su justa medida si se encuentran en una situación de enfermedad o dolor crónico, sufren mucho más que otras personas.

 

superarte o afectarte

Un error que se comete por no saber quejarse

Para alguien que no ha aprendido a quejarse a tiempo y con la intensidad adecuada, le es muy fácil confundir dos ideas: “esto no me supera”, y “esto no me afecta”. Que puede verse al poner estas dos frases juntas, no son lo mismo. A una persona fuerte pocas preocupaciones o amenazas le superan, pero eso no significa que no le afecten. Una muerte de alguien cercano produce tristeza, pensamientos frecuentes sobre el fallecido, sensación de vulnerabilidad… Un cáncer hará que haya que cambiar rutinas de trabajo o de familia, soportar efectos secundarios del tratamiento, cambios en las actividades de ocio… Por tanto, claro que van a afectarnos muchas situaciones aunque eso no signifique que no podamos con ello.

No es lo mismo decir, esto no me supera que decir esto no me afecta

Ser capaz de identificar cómo nos afectan las cosas, nos ayuda a proporcionar la queja y a economizar nuestra energía para conseguir las metas que nos propongamos.Los problemas o las adversidades se pueden encarar desde muchas perspectivas diferentes. Se puede ser optimista y proporcionado, pero desde luego lo que no ayudará es el que nos neguemos que algo nos afecta de alguna manera.

Saber quejarse ayuda a que seamos más resilientes y podamos conseguir mejores capacidades para hacer frente a nuestras adversidades o problemas cotidianos. Son habilidades que hay que aprender o mejorar si queremos ser felices.

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Saber quejarse

Según en qué contexto, quejarse puede ser una habilidad muy útil o un gran problema. En esta ocasión nos vamos a centrar en los peligros de la queja.

La queja es aliviante porque al compartir una sensación negativa con otras personas nos podemos sentir entendidos, e incluso existe la posibilidad de que nos ofrezcan algún remedio para nuestro malestar. Lo que ocurre es que quien las recibe no siempre saben gestionar de manera adecuada esas quejas. Puede ser que se vean impulsadas a dar una solución (la tengan o no). Quejarse produce con frecuencia presión sobre quien recibe la queja. Sin quererlo se puede transmitir la sensación de responsabilidad sobre su malestar.

Puede parecer que ante la queja, el otro debe ser capaz de encontrar algún consejo o solución para que de ese modo el malestar desaparezca. Esta percepción de quien recibe la queja puede ser cierta o no, pero la realidad es que tiende a ponerle al receptor, a la defensiva sobre todo en los casos en los que se repite. Si se establece esta dinámica de incomodidad, se potenciará también la tensión en el que se queja. Se sentirá criticado, y percibirá las respuestas en los demás como si le estuvieran diciendo: «si te quejas es porque quieres». Cuando se recibe esa respuesta aumenta la posibilidad de sentirse mal y ponerse a la defensiva.

 

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Quejarse del dolor

Padecer un dolor crónico implica muchos malestares asociados a la queja y a la manera en la que se expresa. La mayor parte de las personas que sufren dolor crónico gestionan mal su petición de ayuda y la manera en la que comparten su dolor. Es una situación que potencia las dinámicas que detallaba en la introducción. No saber pedir ayuda adecuadamente potencia que las amistades se rompan o que se produzca un distanciamiento.

Las quejas pueden aparecer como consecuencia de ansiedad, miedos, inseguridades, dolores… Para que la queja no dañe a las relaciones que tenemos con otras personas es necesario tener en cuenta algunos consejos:

Interesarse por las necesidades de quienes nos rodean y participar de soluciones para sus necesidades. Centrarse solo en uno mismo transmite egoísmo y falta de interés. Lo normal es que a los demás les incomode.

Compartir pensamientos y objetivos que no tengan que ver con la preocupación, el malestar o el dolor.

Explicar qué necesidad tenemos y qué buscamos al compartir nuestra queja: queremos una solución, un desahogo, una alternativa, un consuelo… Esto ayudará a reducir la presión sobre el que recibe la queja. Sabrá cuál es su papel que se espera de él y no se sentirá incómodo. Hay que cuidar al que nos cuida.

 

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Cuidar al que nos cuida

La enfermedad, el dolor, la angustia… la padece uno mismo, no los demás. Hay que buscar información sobre el problema o incluso se puede pedir a otras personas que lo hagan por nosotros, pero quien lo sufre no son ellos. Por eso hay que comprometerse con lo que se siente. En las fases iniciales es difícil conseguirlo, pero poco a poco hay que construir desde el malestar que hay, y no desde el anhelo de que éste desaparezca cuanto antes. Los que nos rodean pueden hacer equipo, formar parte de la solución, nunca convertirlos en un problema.

La molestia, el dolor o la angustia es incómoda, especialmente cuando se cronifica. Cuando no se habla de un trastorno crónico hay que recordar que el malestar en algún momento pasará, pero hay que darle los tiempos adecuados para que pueda desaparecer.

Cuidado con la impaciencia, agrava mucho el malestar subjetivo. La capacidad de cada persona para soportar el malestar está muy condicionada por las experiencias de dolor que ha tenido, más en concreto con la manera en la que se haya afrontado.

Al quejarse hay que tener cuidado con decir solo lo que no se quiere, en lugar de lo que sí. De nuevo eso distancia al entorno y dificulta obtener el apoyo necesario.

Tolerar el malestar sea el caso desde una contractura de espalda a un tratamiento para el cáncer van unidos a su proceso correspondiente. No ajustar expectativas es garantía de bloqueo y malestar. Nos agobiará que las cosas no evolucionen rápido, nos desesperará no poder hacer cosas que antes sí podíamos, nos enfadará estar más cansados de lo deseable, el dolor, o la dependencia de otras personas. Todo por no querer vivir esa situación y querer otra realidad diferente. No tolerar el malestar agrava la incomodidad y la queja al desajustar las expectativas sobre lo que vivimos y no nos gusta.