El miedo a cometer errores y sus consecuencias son fundamentales para entender porqué nos cuesta tanto decidir. Cuando es muy importante tomar decisiones, y especialmente cuando se pueden producir consecuencias graves derivadas de éstas, se hace difícil decidir y avanzar en la toma de decisiones. Hay personas que tienden a posponer el momento de decidir, analizando detalladamente las opciones y sus posibles efectos (procrastinar) sin acabar de saber qué es lo que deben hacer. Guardan la esperanza de que en cualquier momento encontraran argumentos aplastantes que les permitirá decidir con calma y contundencia. Algo muy característico de estas personas es la tendencia a negociar con uno mismo. Un tema interesante y que animo a echar un vistazo al artículo que he enlazado.

Hay otras personas que intentan actuar cuanto antes, porque para ellas lo más importante es quitarse el malestar que les produce la duda mantenida. Prefieren equivocarse a quedarse con las incertidumbres. Tienden a aceptar con tranquilidad las consecuencias de sus decisiones aunque el resultado no sea el más satisfactorio.

 

El miedo a cometer errores dificulta tomar decisiones

Por supuesto en este proceso de toma de decisiones está también el término medio: se buscan soluciones y se asume que pueden no salir bien. Esta última opción es la que verdaderamente motiva este artículo.

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Cuando tomamos decisiones queremos encontrar la mejor opción en función de las alternativas que se nos muestran. Tomar decisiones es un proceso muy ligado a la capacidad para manejar los errores. Para el manejo adecuado del malestar producido por la posibilidad de errar es necesario conocer los siguientes conceptos:

  1. «Capacidad consciente«: se refiere a la capacidad que tenemos las personas para para detectar todos los aspectos implicados en una decisión. Casi siempre esta capacidad consciente para la tomar decisiones está determinada por el momento en el que se quieren tomar. No se dispone de la misma información cuando se toma una decisión que cuando ha pasado algún tiempo y se conocen todas las consecuencias derivadas de ésta.
  2. Desconocimiento de opciones: no siempre podemos conocer cada una de las opciones que disponemos. Tenemos la capacidad que tenemos para generar alternativas o poder observar las que hay ante nosotros.
  3. No saber que estamos tomando decisiones y hábitos. No siempre tomamos decisiones sabiendo que lo estamos haciendo. Cambiar de carril mientras conducimos, por ejemplo, es una decisión que normalmente no tiene consecuencias negativas, pero puntualmente pueden producirse choques entre vehículos. La realidad es que cuando esto pasa podemos no haber sido conscientes de estar tomando la decisión de cambiar de carril, pero el hecho es que así fue y tuvo consecuencias.
  4. Olvido. Podemos haber tomado decisiones parecidas a las que en el presente debemos enfrentarnos, pero no siempre somos capaces de recordar todas las decisiones que tomamos en el pasado y aplicarlas en el presente.

Malestar por las consecuencias puede precipitar el deseo de que lo que hemos decidido no haya ocurrido. Podemos atascarnos en un pensamiento que intenta valorar que habría pasado si no hubiéramos tomado la decisión que tomamos. A este proceso se le conoce como ucronía.

 

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Las decisiones siempre tienen un coste, siempre van a producirse efectos positivos y negativos tras haber tomado una decisión.

 

Entonces, ¿Usted toma decisiones o comete errores?

Cometer errores es parte de nuestra vida ya que constantemente nos estamos enfrentando a procesos de toma de decisión. Por tanto hay que entender que los errores son un componente natural y muy valioso dentro de nuestra madurez y evolución natural. Juzgar nuestras decisiones como erróneas o acertadas es no entender que cuando tomamos decisiones se producirán consecuencias, y que por tanto no se está aceptado que son inevitables. No hay compromiso con lo que decidimos. No se asume que tenemos la información que tenemos ahora, no la que tendremos más tarde y que por tanto más adelante ya se verá cuál es el desenlace.

No siempre podremos adelantarnos a todo lo que pasará.  Buscar el compromiso con las consecuencias nos ayuda a ser más felices y realistas. Eche un vistazo al artículo en el que hablaba de realizar predicciones realistas, explica muy bien como alcanzar mayor compromiso con las consecuencias de las decisiones que tomamos.

 

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Por tanto si se le atragantan los errores es bueno que valore las siguientes ideas con el fin de que no se le atraganten:

  • El error es necesario para el aprendizaje, nos dan aproximaciones hacia el resultado satisfactorio que estamos buscando. Es algo necesario para alcanzar nuestras metas.
  • El error es un aviso. Un suspenso en un examen, por ejemplo es un aviso de que la forma en la que hemos estudiado no era la correcta.
  • No permitirnos cometer errores nos impide ser naturales o espontáneos. Estar muy pendientes de hacer siempre las cosas bien, sin equívocos nos impide afrontar con normalidad el día a día y en especial las relaciones sociales.
  • Todos nos equivocamos. ¿Cuánto es lo razonable? ¿Cuánto se equivoca la gente de media? Parece que hay cierto consenso en que de cada diez decisiones, entre una y tres son erróneas o dudosas, teniendo en cuenta siempre que el criterio para decir que una decisión fue equivocada, lo que se está teniendo en cuenta es que cuando pasó un tiempo se aprecian consecuencias negativas o no se obtuvo lo que se deseaba.

Tomar decisiones. Cometer Errores

Tomar decisiones. En nuestra vida cotidiana nos vemos abocados a tomar decisiones constantemente, por poner algún ejemplo: “¿paso primero por el banco a hacer un ingreso, o paso por la relojería antes de que cierren para poner una correa nueva?”, “debería hacer la cama y recoger un poco antes de que vengan a verme, pero si no compro algo en el supermercado no les puedo dar nada de picar…”, y así día tras día. El problema común para todas estas situaciones es que se percibe un problema y no se acaba de ver una solución rápida y perfecta.

 

Decidir puede ser estresante a corto plazo, ¿y posponerlo? 

Antes de continuar, valoremos el concepto de estrés: es una reacción de nuestro organismo ante situaciones que requieren respuestas específicas. Digamos que el estrés en sí mismo no es malo, lo será sólo en el caso de que se mantenga durante largos períodos de tiempo. Realizar un deporte, jugar al tenis por ejemplo, provoca respuestas de estrés en nuestro organismo, lo que ocurre es que duran lo que dura un punto o como mucho el partido. Pero pongámonos en el supuesto de que la respuesta fisiológica y psicológica que damos en el momento más difícil del juego se diera de manera mantenida durante días o meses, el organismo empezaría a resentir el esfuerzo tarde o temprano. En ese punto es cuando hablaríamos de estrés “del malo”.

Muchas personas viven diariamente bajo la sensación de que una serie de situaciones amenazantes han de ser resueltas ¡YA!, pero no saben cómo conseguirlo. No tienen porqué ser circunstancias de vida o muerte, pero la vivencia que se tiene de ellas se puede aproximar. Cuanto más capaces seamos de decidir, más fácil será que la sensación de malestar desaparezca antes. Así, psicológica y físicamente, sentiremos menor malestar.

 

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Asumir la consecuencia de los errores

Cuanto menos tiempo tardemos en tomar una decisión, menos tiempo la viviremos como una amenaza, claro que para que sea así será necesario asumir en un primer momento la consecuencia de nuestros errores y nuestra incapacidad para encontrar siempre una decisión perfecta. Doy por hecho que cualquier persona es capaz de entender que tarde o temprano uno puede equivocarse, el problema es que en la práctica no siempre nos autorizamos a errar. A veces la consecuencia de nuestro equívoco nos parece demasiado grande. En cualquier caso aun haciendo todo lo posible por hacer bien las cosas, los errores acaban llegando. Como digo, partir de esta premisa nos garantiza poder tomar decisiones más realistas, y sobre todo, más rápidas.

Cuando decidimos qué hacer, nos enfrentamos a hechos ciertos no a supuestos que pueden ser negativos o amenazantes. Nos enfrentamos a circunstancias definidas por la realidad, y casi con toda seguridad, no serán tan malas como todas las alternativas a las que había que hacer frente cuando todo eran posibilidades. Por otra parte hay que tener cuidado a la hora de tomar decisiones con nuestro grado de exigencia, de perfección. Está claro que la solución ideal es la que podemos puntuar como 10 sobre 10. Aceptar como válida una opción 5 sobre 10 no es lo deseable, pero habrá que preguntarse ¿existe alguna mejor? Quizás esa sea la menos mala, por tanto es posible que sea necesario afrontar las consecuencias negativas de la decisión que va a tomarse (a veces es más importante que convencerse de las cosas buenas que conseguimos).

Inténtelo, si toma decisiones con rapidez, el nivel de angustia será muy inferior. Al fin y al cabo ser feliz implica tener que hacer esfuerzos por conseguirlo, no se consigue sólo apartándonos de los problemas. Si le cuesta pasar a la acción y poner en practica lo que quiere, no deje de leer un artículo muy interesante: procrastinar, ¿un mal hábito?

 

Negociar con uno mismo

Cuando algo nos produce malestar y debemos encontrar y poner en práctica soluciones, no siempre nos apetece dar los pasos necesarios para llevarlas a término. Pongamos algunos ejemplos cotidianos: “mi jefe espera que acabe de encuadernar hoy un documento, pero lo voy posponiendo para la tarde, porque me aburre la tarea”, “tengo que ir al dentista a que me revise una caries, pero cada semana me digo que lo haré y siempre lo dejo un poco más”, “tengo que ir a prepararme la comida, me digo que voy a ir enseguida, pero como estoy acabando una tarea con el ordenador cada cinco minutos negocio conmigo otros cinco minutos más”; ante una ruptura de pareja: «sé que no tengo que llamar a Pepe. El me pidió tiempo, pero lo echo tanto de menos que le voy a poner un mensaje para saber cómo le va».

Es un hecho que cuanto más negocias hacer o no una determinada tarea, los estados de alerta a nivel emocional y físico tienden a dispararse. No poder comprometerse definitivamente con una de las opciones de las que disponemos favorece la esperanza de poder evitar pasarlo mal.

 

¿Cuándo es más fácil negociar con uno mismo?

El deseo de negociar con uno mismo crece especialmente en las situaciones en las que tenemos que resolver algo. Desde el punto de vista del psicólogo clínico, más en concreto desde la terapia psicológica, son muchas las tareas que se proponen a los pacientes para que superen sus miedos, ansiedades, o tristezas… Se busca que cada persona conozca cuáles parecen ser los mejores caminos para conseguirlo, pero no siempre tienen la motivación para afrontarlo.

Es muy importante para alcanzar las metas propuestas que no haya demasiadas negociaciones con uno mismo. Si no se está del todo convencido de que merece la pena afrontar la sensación de malestar para conseguir después un beneficio, es preferible no exponerse demasiado a las situaciones que bloquean. Lo más habitual es que las sensaciones negativas se disparen y que se produzca una mala interpretación de lo que ha ocurrido: «nunca lo voy a conseguir», «soy incapaz de hacerlo», «esto es imposible»… En estos casos lo normal es que el propio proceso de decisión sobre si lo hago o no, sea el que potencie las sensaciones de alerta, impotencia y fracaso. Psicólogo en Tres Cantos.

 

 

Tardar en tomar decisiones potencia la ansiedad

ejemploEs importante tener cuidado con las negociaciones internas y calibrar bien el nivel de malestar que nos produce. Entenderlo ayudará a comprometerse con las soluciones o alternativas elegidas y favorecerá el estado de calma.

Como tantas veces se observa en psicología, el obtener un alivio a corto plazo determina muy a menudo la toma de una decisión. Si no se ve claramente el perjuicio, o el alivio es muy grande, se opta frecuentemente por esta opción. La opción de estar mal primero para después estar mejor, suele ser menos apetecible.

Por tanto el poder tomar decisiones sobre afrontar o no una situación, junto con las características de personalidad obsesiva, pueden potenciar sobremanera los bloqueos, favoreciendo que la mejor opción ante un problema sea la de procrastinar. Aprovecho para recordar la definición de esta palabra: deja para mañana lo que puedas hacer hoy. Es un lema que se potencia mucho en aquellos que sólo quieren tomar decisiones cuando se garantizan que las consecuencias de sus actos no van a ser negativas. No tiene que ser una actitud de evitación generalizada en la vida, pero en las áreas en las que resulte más complicado asumir determinados riesgos será muy frecuente procrastinar y negociar con uno mismo. Cuanto más racional sea la persona que procrastina, más argumentos necesitará darse para permitirse no tomar la decisión y no verse desbordado por la culpa. Cometer errores.

 

Los miedos sobre las consecuencias de las decisiones, alargan el proceso

Las dificultades para tomar decisiones, los miedos sobre sus consecuencias a menudo llevan a las personas a dejar que las decisiones se alarguen en el tiempo, pudiendo hacer interpretaciones como la de que ha sido la mala suerte la que ha precipitado que las cosas fueran de una determinada manera.

 

Entonces… ¿Tengo lo que merezco o tengo lo que construyo?

¿Tiene lo que construye? hay quien dice que no, que a menudo no se corresponde lo que se tiene con lo que uno ha trabajado para obtener un resultado. La verdad es que es interpretable y es difícil certificar que solo nuestro esfuerzo produce beneficios, pero la verdad es que mi trabajo diario en consulta me hace pensar que normalmente tenemos lo que construimos, que por cierto no es lo mismo que decir “tienes lo que te mereces”. Se puede merecer o no pero en función de las decisiones, de los miedos, de las parejas que elegimos, o del ocio que buscamos, entre otras muchas variables, construimos vidas que producen diferentes consecuencias.

 

 

He dedicado recientemente algunos artículos a hablar sobre la toma de decisiones, el manejo de los errores y las pautas en psicoterapia, me gustaría centrar hoy mi atención en analizar algo que se confunde y no nos ayuda a construir situaciones de bienestar: las diferencias que existen entre hacer renuncias y procrastinar. En este sitio web hemos hablado en más ocasiones sobre la procrastinación y aquí dejo un enlace para poder leer más en detalle en qué consiste. Del mismo modo hemos hablado de la utilidad de hacer renuncias en el momento adecuado, pero no hemos puesto todavía en relación renunciar y procrastinar.

 

Tienes lo que mereces, ¡¿O no?!

Definamos brevemente ambos términos. Procrastinar es posponer decisiones y tareas para otro momento sin haber decidido del todo hacerlo. Es una manera de alejarse de lo que genera malestar sin tener que comprometerse con esa decisión. Por otro lado hacer renuncias implica que en ocasiones hay que dejar de hacer, o dejar algo para otro momento, y puede ser con el fin de sentirse bien, o también como al procrastinar, para no afrontar algo.

En psicoterapia muy a menudo proponemos a nuestros pacientes ciertas renuncias que tienen como meta convivir con algunos malestares, normalmente cuando se lo proponemos lo hacemos para que por medio de experimentos sean capaces de sentirse menos agobiados o ansiosos. Hacer renuncias  que sean útiles psicológicamente implica dejar de hacer cosas que uno desea con la finalidad de ser capaz de no agobiarse. No es renunciar a una necesidad, tipo te dejo esto y yo me quedo sin ello, son renuncias a ser bien valorado, a conseguir que el otro tenga una buena imagen de uno… Las primeras cuestan poco a las personas que desean llevarse bien con otras. Cometer errores.

 

Las renuncias que ayudan a sentirnos bien son las que no ayudan a afrontar nuestros temores, inseguridades y bloqueos

Posponer es la palabra más asociada a procrastinar pero también puede tener que ver con renunciar, o hacer renuncias. En ambos casos se trataría de poder dejar algo para otro momento, o quizás definitivamente. Aun así las renuncias que ayudan a sentirnos bien son las que no ayudan a afrontar nuestros temores, inseguridades y bloqueos. Por esta razón creo que es bueno que veamos que sólo posponer, no es el tipo de renuncia que favorece la toma de decisiones, el afrontar los conflictos, etc.

Renunciar implica estar dispuesto a afrontar lo que se pierde, cuando de procrastina no. Al hacer una renuncia debería ir acompañada del compromiso interior sobre lo que puede llegar ocurrir. Cuando procrastinamos es distinto, nos convencemos de que hay otra tareas que podemos hacer para no afrontar realmente que vamos a dejar para otro momento. Sobre este tema le recomiendo que lea el artículo sobre retos y obligaciones, en él se explican en detalle muchas de estas cuestiones.

Por tanto no creo que se llegue a los malos resultados  normalmente por casualidad, suele ser la consecuencia de las elecciones que previamente hemos tomado: abandonar ocio, amigos, centrarnos en el trabajo… Uno puede convencerse de que la pareja no está mal, de que es posible que más adelante cambie, pero si lo que hay de fondo es no querer afrontar el miedo a la soledad, lo normal es que las decisiones acaben haciendo que se esté con una pareja durante mucho tiempo, sintiendo que se tiene mala suerte porque no se es feliz. Este sería un buen ejemplo de tienes lo que construyes, y de la diferencia clave entre hacer renuncias y procrastinar. 

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