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La culpa tiene aspectos muy positivos pero también puede convertirse en un gran problema. Nos ayuda favorecer cambios y a adaptarnos mejor a ciertas normas y contextos sociales. En el día a día desplegamos comportamientos que responden a las situaciones que nos rodean, intentamos adaptarnos a nuestro entorno, buscamos reconocimiento, atención, cariño, que nos valoren adecuadamente, etc. Una emoción que podemos experimentar en nosotros mismos u observar en otros con frecuencia, es la de la culpa. Cuando nos sentimos culpables es porque hemos asumido unos valores y de alguna forma hemos roto con ellos. Puede ser bien por un error, bien por un descuido, bien por no haber calibrado adecuadamente el alcance de una determinada conducta o decisión. Cuanto más rígidos sean nuestros esquemas morales, más fácil es que aflore la culpa, y puede ser en dos direcciones: hacía uno mismo, o hacia los demás.

 

Ventajas e inconvenientes de la culpa sobre uno mismo

Centrémonos en esta ocasión en las consecuencias que tiene sobre nosotros mismos. Antes decía que la culpa nos ayuda a hacer cambios.

Es así cuando al percatarnos de haber cometido un error, y sentir malestar nos motivamos para poner medios para subsanarlo. El problema aparece al convertirse el mecanismo de la culpa en algo excesivamente frecuente. Cuando ocurre, produce la sensación constante de estar haciendo mal las cosas, de que siempre faltan muchas cosas por mejorar: ¡nada bueno para la autoestima!

Para combatir el exceso de culpa es necesario replantearnos en algún grado nuestras normas. Una persona que considere que bajo ningún concepto ha de parecer egoísta, en cuanto tenga una necesidad relativamente importante y solicite algo que incomode a otro, enseguida tendrá sentimientos de culpa. Podrá calmarse si se demuestra que tenía todo el derecho, o que las circunstancias obligaban, pero hasta que lo consiga (si lo consigue), los niveles de malestar serán bastante elevados. Otra opción sería valorar si es tan malo haber podido parecer egoísta, y si se puede convivir con esa posibilidad sin tener que sentirse culpable. Es decir que tener una actitud que cuestione un poquito nuestras normas sociales o morales, a lo mejor nos ayuda a no estar tan atenazados por la culpa como hasta el momento.

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culpa culpabilizar

 

Exigencias y culpa

Otro factor, además de la autoexigencia, que puede generar fuertes sentimientos de culpa en una persona es la vivencia de diferentes acontecimientos traumáticos. En estos casos uno se responsabiliza de no haber podido evitar lo ocurrido, generando así una continua autocrítica que destroza la autoestima. Si esta situación no se soluciona, la persona puede ir generando un fuerte sentimiento de culpa ante situaciones que nada tienen que ver con el hecho traumático. Si el acontecimiento traumático sucede en la infancia, esta actitud puede cronificarse en la persona.

Como podemos observar estamos hablando de dos casos diferentes y cada uno tiene un enfoque distinto a la hora de buscar soluciones, pero los dos pasan por empezar a “perdonarnos” y bajar nuestro nivel de autoexigencia

 

Ventajas e inconvenientes de la culpa: el culpabilizador

Vimos el mes anterior que realmente si nos culpabilizamos no es por casualidad, tiene una finalidad y nos ayuda a poder conseguir ciertos objetivos. Como ya adelanté, en esta ocasión nos vamos a centrar en la culpa cuando se dirige hacia los demás. En este caso lo analizaremos desde la posición del que lanza culpas a otros y la de los que la reciben.

Si percibimos un daño, una injusticia, algo que nos afecte negativamente, es posible que hagamos por trasmitir al otro nuestro malestar para que deje de hacerlo o no lo vuelva a hacer. Si nos dolió lo suficiente, entonces es posible que acompañemos nuestra petición con culpa: “si tú no me llevas, no podré ir”. Si el otro es sensible a la culpa no querrá sentirse mal, y con cierta probabilidad, en este caso, le acabe llevando. Así pues aquí la culpa se torna útil. Es una manera más de conseguir que los demás satisfagan la necesidad de uno. El problema aparece cuando viendo la utilidad uno comienza a abusar de este método.

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La persona que muestra sus deseos de esta manera acaba teniendo que estar mal para poder conseguir la ayuda, el apoyo o la atención de las personas que le rodean. ¡No parece que esta sea la mejor forma de estar bien! El exceso de culpabilizaciones hace que el bienestar no provenga de uno mismo sino de lo buenos o malos que sean los demás. Hace que la capacidad para alcanzar el bienestar por uno mismo sea cada vez más difícil. Es decir, que alguien que culpabilice mucho acabará adoptando una actitud de víctima hacia los acontecimientos de su vida.

 

El culpabilizado…

Por el otro lado están los que reciben la culpa. Aquellas personas que sean especialmente sensibles a las necesidades de los demás, tienen más probabilidad de caer en el manejo por la culpa o la victimización. Cuando reciben peticiones les resulta más complicado negarse a ellas, facilitando que el otro utilice más a menudo el mismo método para conseguir otras cosas. En el caso concreto de los niños, cuando son culpabilizados de manera continuada por no realizar las tareas o no portarse bien, tienden a generar unos sentimientos de culpa fortísimos que suele producir la sensación de no estar haciendo nunca bien las cosas. Fuera de su entorno la gente los percibe como buenos y atentos pero ellos mismos no acaban de sentirse seguros de estar actuando correctamente.

Así pues, sentirse culpable no es malo, lo es cuando se convierte en algo demasiado frecuente y nos afecta en exceso a nosotros mismos y a los que nos rodean. Aprender a no culpabilizarse en exceso es un requisito indispensable para poder ser más felices, del mismo modo que es necesario aprender a hacer frente a las culpabilizaciones que otros nos lanzan para satisfacer sus necesidades.

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