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Vivimos en una sociedad marcada por la inmediatez y por la ley del mínimo esfuerzo. Queremos que todo funcione de un modo rápido y conseguirlo cuanto antes. También queremos emplear las mínimas energías mentales y físicas para ello. Intolerancia al malestar. Un ejemplo sencillo de esto es el de los buscadores de internet: pensemos en Google, por ejemplo, que indica tras una búsqueda lo que ha tardado en encontrar algo. La diferencia con buscar algo en términos de velocidad es imperceptible para nosotros, pero lo consideramos una virtud. Pensemos también en lo mucho que nos desesperamos cuando la conexión a internet va un poco más lenta, en nuestros ordenadores o en nuestro teléfono móvil. Como gusta decir a muchos jefes, lo queremos todo para ayer.

 

Al no soportar el malestar, las personas consiguen que aumente

 

El peligro de que una sociedad considere siempre como algo negativo todo aquello que pospone el placer inmediato o que directamente lo niega (no todo va a ser gozar) es que se convierta en indolente y considere motivo de ira, tristeza o frustración el experimentar muchas emociones que producen malestar. Así, se da la paradoja de que, con la intolerancia al malestar y el displacer, las personas consiguen que ambos aumenten. Cada vez hay más personas que acuden a las consultas de atención primaria en busca de un resultado rápido que les ayude a afrontar sus problemas cotidianos.

La psicofarmacología es un gran avance científico que ha hecho que la vida de muchas personas con trastornos psiquiátricos y psicológicos mejore.  Sin embargo, sí es cierto que un tratamiento con ansiolíticos para tratar una ansiedad provocada por el desempleo, por poner un ejemplo, quizás no es lo más indicado. Lo que hay que saber es cómo dominar esa ansiedad, comprender por qué se produce y cómo podemos atajarla pero tratar de sepultarla con fármacos no hace nada con el problema de base. Según  Allen Frances, «el exceso de medicación causa más daños que beneficios. No existe el tratamiento mágico contra el malestar”.

Hay problemas cotidianos, acontecimientos de la vida que suponen una cierta lucha y malestar porque la vida es así. Para Albert Ellis, el psicólogo creador de la TRE (Terapia Racional Emotiva), una de las ideas irracionales básicas que compartían muchos seres humanos y que les hacía enormemente infelices era la de que la vida transcurrir sin sobresaltos, sin nada que se oponga a nuestros deseos y que escape a nuestro control.

Hay muchas personas a las que les parece intolerable el hecho de que tengan que hacer una exposición en clase o en el trabajo y que se pongan nerviosos ante el público. Les parece que es algo que no debería ser así y para ello creen que deben medicarse para paliar tal nerviosismo.

Otro ejemplo sería el de la medicalización de la tristeza: imaginemos que alguien acaba de romper con su pareja y no quería que esto sucediese. Ante esto, la reacción más normal es sentirse triste. Muy triste. ¿Significa esto que no puedo permitirme estar triste? ¿Es algo patológico el llorar  por una relación que ha terminado? Las personas se fuerzan a sí mismas, no quieren comprender su tristeza y prefieren una huida hacia delante pertrechados de fármacos. Seguro que estos cumplen su función pero la necesidad de acabar cuanto antes con el malestar y de conseguir que vuelva cuanto antes el supuesto placer ha hecho que esa persona no incorpore a su experiencia ninguna de las herramientas para hacer frente a la tristeza que tan útiles le serían en la vida. Porque otros motivos para estar triste vendrán, eso seguro.

 

 

Hay acontecimientos de la vida que suponen una cierta lucha y malestar

 

Hay casos patológicos en los que sí será necesario tomar medicación para que esta no limite enormemente nuestra vida. Una depresion mayor o un trastorno bipolar, por ejemplo, no pueden tratarse solo con una terapia porque son patologías altamente incapacitantes que requieren del apoyo fundamental de la psicofarmacología. Sin embargo, en problemas existenciales como los ya citados lo que se requiere es aprender a desarrollar unas estrategias de afrontamiento. A ello puede ayudarnos la terapia psicológica cognitivo conductual. Esta terapia nos puede ayudar a que las emociones que sentimos no lleguen a niveles extremos que afecten a nuestra vida. Eso sí, debemos ser conscientes de que ninguna terapia nos garantiza no sentir emociones negativas. Aparte de que es imposible no sería deseable en absoluto.

Una persona que jamás sintiese tristeza, miedo, ira, etc. sería poco más que una máquina que se estaría perdiendo un campo importantísimo de lo humano. Recordemos el mundo feliz que imaginó Aldous Huxley para comenzar a temblar. No podemos ser alegres las veinticuatro horas del día. Lo que hay que aprender es a enquistarse en la tristeza pero sentirse triste es inevitable y tiene un significado. Eso no puede rechazarse ni enmascararse con medicación.

 

intolerancia al malestar

 

intolerancia al malestar

Si estamos en un momento de nuestra vida en el que hacemos frente a algo que requiere mayor fortaleza psicológica y no sabemos cómo afrontarlo, lo más aconsejable es ponernos en manos de un psicólogo clínico que trabaje con la terapia cognitivo conductual. Nos enseñará a adquirir fortalezas y a diseñar estrategias de afrontamiento que tienen una validez demostrada científicamente. El desempleo y las muchas emociones negativas que conlleva, el desamor, la timidez, la inseguridad, la cólera y un largo etcétera son fenómenos de lo humano que debemos aprender a manejar. Los fármacos son necesarios en muchas ocasiones, porque ayudan a vivir. Pero muchas veces lo que necesitamos es otra cosa que los fármacos en sí no aportan. Necesitamos aprender a vivir. Intolerancia al malestar

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