¿Alguien puede tener miedo a ser feliz? Quizás parezca absurdo que alguien tenga este miedo. Aunque parezca raro estas y otras frases pueden parecer muy ciertas para algunas personas. Cuando una persona está preocupada con frecuencia, puede recibir comentarios como:  “a ti lo que te pasa es que necesitas tener siempre una preocupación“, “a ti te gusta estar mal”. Son dos frases que nos deberíamos parar a pensar, porque nos van a aportar mucha información interesante, aunque probablemente no sea la que estas pensando.

Cada día nos enfrentamos a diferentes malestares, retos, horarios, diversiones, sueño, cansancio… Pero entre medias buscamos sentir, ilusión, placer, reírnos un rato… Planificamos viajes, nos apuntamos a una competición deportiva, nos apuntamos a clases de fotografía, ¡qué sé yo! a cada uno lo que le motiva o le pone las pilas. El caso es que cuando se alcanza el bienestar, hay algunas personas a las que les produce temor poder perderlo. Si han habido periodos en los que uno no se ha sentido bien, el miedo a estar bien puede estar de fondo. Si no se resuelve es posible que influya a la hora de no poder conseguir una tranquilidad completa.

Tener miedo a ser feliz puede hacer que sin querer boicoteemos nuestro bienestar, que constantemente chequeemos cómo nos sentimos y que al final nos provoque el malestar del que huíamos. Es como la profecía autocumplida.

miedo a ser feliz

 

Miedo a ser feliz y el pensamiento mágico

Tener miedo a ser feliz, potencia una actitud algo mágica. Parece que el hecho de ser feliz es algo de lo que no hay que alardear: «a ver si al final por decirlo se va a estropear». La verdad que pensarlo así es como creer que hay una especie de ser superior, un dios, un manitú, que está esperando a que nos sintamos bien para castigarnos por sentirnos así. La realidad es que nuestros miedos son los que actúan en nuestra contra, y por eso somos nosotros quienes podemos acabar alimentándolos.

Estar preocupado por lo que puede salir mal, ayuda a buscar soluciones. Lo malo es que puede también precipitar estados de alarma mantenida, e incluso algún que otro pensamiento mágico: «a ver si por no estar atento a lo que puede salir mal, me acomodo y por vago luego lo acabo pasando peor». Pensamientos como este pueden hacer que no nos permitamos estar tranquilos, y que sin desearlo estemos siempre manteniendo las preocupaciones en nuestra cabeza.

El bienestar es algo dinámico, no es estático. Cuando no lo trabajamos a diario, vamos perdiendo a poquitos algo de calma, ilusión, motivación, etc. En algún momento podemos llegar a sentirnos bien, pero sólo porque sentimos que no estamos mal. Es decir, no porque lo que hacemos nos divierte, o nos anima, sino porque no estamos tan mal como hemos podido llegar a estar. Si esto ocurre, la siguiente etapa será estar peor.

Podemos hacer que nuestra vida sea mejor si somos capaces de identificar los momentos buenos y los malos. Es mucho más útil reconocernos que estamos bien, compartirlo y crear una conciencia de ello, para que así tengamos una vivencia más realista de lo que vivimos, de lo que está bien y lo que está mal. De esta forma podremos repetir lo que nos funciona y alejarnos de lo que no.

 

 

¿Necesito tener siempre una preocupación? ¿Me gusta estar mal?

Intentemos responder a esta pregunta ya que con frecuencia me la han planteado. Muchas personas que se dan cuenta de que tienden a estar preocupadas, se cuestionan esta posibilidad. ¿Me gusta tener problemas? ¿Disfruto estando mal?

Existen beneficios claros derivados de la preocupación: ayuda a adelantarse a hipotéticos peligros o a consecuencias de las cosas poco apetecibles, ayuda a valorar los pros y los contras de manera exhaustiva, e incluso favorece resolver los problemas a tiempo y conseguir que no se conviertan en un mal mayor.

Parece poco probable que alguien encuentre algún placer en el malestar, pero si  lo que uno desea es sentirse mejor y hace todo lo posible por dar poca importancia a los problemas y aun así no consigue estar bien, es fácil pensar que en el fondo gusta estar mal. Es lógico pensar que tiene algún beneficio estar agobiado o preocupado, de hecho en ocasiones es así.

 

Existen beneficios derivados de preocuparse

 

Cuando nos volvemos muy buenos detectando y resolviendo amenazas, podemos acabar produciendo un problema. Cuanto más nos enfocamos en identificar situaciones potencialmente dañinas, más difícil resulta resolverlas todas y alcanzar un estado de calma. Las personas con esta tendencia tienen la “fantasía” de que su bienestar será duradero una vez acabe con las preocupaciones que le acechan. La realidad es que si no se aprende a convivir con cierto malestar y descontrol a la larga es muy complicado llegar a sentirse verdaderamente tranquilo. Así pues, ciertas características de personalidad potenciarán estados de malestar con  tendencia a la cronificación si no se realizan cambios para evitarlo.

 

Reflexiones para estar bien

Desde pequeños nos enseñan a ser constantes, a esforzarnos para resolver las adversidades. De hecho, éstas junto con algunas otras actitudes favorecen claramente el éxito profesional y personal. Pero casi todo cuando se  plantea de manera extrema tiene sus efectos secundarios. miedo a ser feliz

Las personas tendemos a buscar el orden en las cosas, buscamos patrones que nos hagan predecibles los acontecimientos, los retos. Dependiendo de la necesidad individual de control de cada uno, la búsqueda de ese control, del orden, y por tanto de previsibilidad, será más intensa. De esta manera, nuestra calidad de vida será la peor parada.

 

¿Estoy dispuesto a convivir con las consecuencias?

 

¿Necesito tener siempre una preocupación? Si se ha identificado con estas preguntas del principio y ha dudado en algunos momentos de su vida si realmente siente un perverso placer por estar mal, o por necesitar tener siempre una preocupación que resolver, quizás sea el momento de cuestionarse algo bastante más útil: ¿Estoy dispuesto a convivir con más incertidumbres buscando tener menor control sobre las consecuencias de cada acontecimiento de mi entorno? ¿Estoy dispuesto a dejar que se caiga el avión en el que viajaré en mis próximas vacaciones?, o ¿Estoy dispuesto a dejar que me echen del trabajo si desean hacerlo para afrontar entonces las opciones que tendré?…

Son muchas las situaciones que pueden llegar a resolverse de este modo si uno prioriza el bienestar a largo plazo en detrimento de los alivios momentáneos. Cuidado con hacer por resolver  miedos incluso cuando no dependen de uno mismo, al final pasan su factura.

 

 

 

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