La personalidad es el conjunto de características de una persona, que se manifiesta de una manera estable en la que podemos incluir sentimientos, pensamientos y conductas, que se mantiene más o menos estable en el tiempo y que llega a definir a la persona. El desarrollo de la personalidad se inicia desde la temprana infancia e intervienen diferentes factores como pueden ser la biología, los modelos que tenemos más cercanos, los límites educativos, las situaciones más o menos traumáticas, etc.

Estamos acostumbrados a oír frases como “no tiene personalidad” o “tiene doble personalidad” para definir a las personas. Otras veces decimos de alguien que es “un psicópata” o “una histérica” cuando juzgamos la conducta de los demás. Generalmente en estos casos uno se refiere a la forma de ser de esas personas, que es como vulgarmente se define la personalidad. Pero este concepto es más complicado de lo que parece.

Es frecuente observar en niños muy pequeños ciertos rasgos muy definidos que nos pueden dar pistas de cómo puede ser en un futuro su personalidad. En estas edades todavía es muy temprano para hablar de que existe una personalidad marcada, sería más correcto decir que se observan “rasgos” de personalidad. Estos rasgos característicos pueden ir desarrollándose hasta llegar a la etapa de la adolescencia en donde decimos que se “cristaliza” la personalidad. Adquiere forma y consistencia. A partir de ese momento es difícil observar cambios llamativos en la forma de ser salvo que éstos sean provocados por alguna situación traumática. Sin embargo, aunque es difícil que una persona pueda cambiar su personalidad, sí es posible que pueda modificar ciertos comportamientos o aprender nuevas formas de actuar.

 

personalidad y psicoterapia

 

Tipos de personalidad

Dentro de los tipos más característicos de personalidad podemos encontrar la personalidad obsesiva, la fóbica-evitativa, la narcisista, la histriónica, la paranoide, la psicopática. Es importante tener en cuenta que todos podemos ser un poco obsesivos, un poco fóbicos…, es decir, podemos presentar diferentes características que definan nuestra formas de ser, sin llegar a presentar un trastorno o patología. Sí es verdad que en ocasiones ciertas características pueden hacer a la persona más vulnerable ante diferentes situaciones y favorecer la aparición de trastornos de ansiedad, estados depresivos, etc.

Cuando estos rasgos de personalidad se hacen extremos y condicionan toda la conducta de la persona provocando dificultades en la adaptación social solemos hablar de la existencia de un trastorno de personalidad. La persona que sufre este tipo de trastorno generalmente no es consciente del mismo, es decir, es egodistónico. No considera que el problema esté en su forma de ser, le gusta cómo es y tiende a buscar otras explicaciones para sus problemas de adaptación social como por ejemplo la mala suerte, un jefe insoportable, etc.

 

¿Se puede cambiar la personalidad?

La gente que acude a nuestro centro de psicología lo hace con una motivación principal: hacer cambios en su vida para conseguir mejorar en algún aspecto de su personalidad. Para conseguirlo han de aprender nuevas estrategias, y han de cuestionarse algunas premisas con las que se enfrentan a su vida cotidiana.

El motor principal para querer cambiar es tener algún tipo de malestar, y querer eliminarlo. Desde luego se puede conseguir cambiar con otras motivaciones, como puede ser el mero deseo de cambiar, pero no siempre es un impulso tan poderoso como el de querer alejarse de algo que molesta: sentirse nervioso a diario, sentir pena, tener la sensación de enfado constantemente…

 

Entonces, ¿La gente cambia o no?

Pues para ser exactos lo que se cambia es la manera de afrontar las cosas, la vivencia que tenemos, el cómo nos afectan los problemas, o en cómo disfrutamos de la vida. Es decir que podemos cambiar en temas muy esenciales, consiguiendo grandes beneficios en nuestra vida. En donde no se cambia realmente es en los rasgos de personalidad. Todos los estilos de personalidad son adecuados para hacer frente a la vida, en cualquier caso si pasamos de las características al trastorno de personalidad, allí es donde pueden surgir las dificultades. Dicho de otro modo, no pasa nada por ser extrovertido, o por ser vergonzoso, el problema viene cuando esas características dificultan el afrontar el día a día, y comienzan a dejar secuelas.

 

personalidad

 

Todos los estilos de personalidad son adecuados para hacer frente a la vida

 

Se puede cambiar la importancia que se le da a las cosas, o la vergüenza que se siente ante la evaluación de los demás, lo que no se cambia es la necesidad de llamar la atención, o el gusto por ayudar a los demás… Hay un núcleo que tiende a ser muy sólido e inalterable, y desde allí es donde podemos conseguir que las características de cada uno sean satisfactorias y no produzcan bloqueos.

La gente no cambia si no tiene una razón poderosa para hacerlo. Si la persona está motivada, y tiene la convicción de querer cambiar, se puede conseguir. Con la guía adecuada y el esfuerzo continuado los avances se consiguen, y se mantienen en el tiempo. Cabría añadir que determinadas experiencias intensas, muy a menudo traumáticas precipitan cambios de personalidad, pero en esta ocasión son no deseados y con efectos secundarios no siempre predecibles.

Cuando se quiere modificar algo, pero en realidad no se está dispuesto a afrontar las consecuencias que se derivan de ello, hace que los cambios no lleguen o tarden en hacerse realidad. Pongamos un objetivo concreto: «Quiero que me importe menos lo que piensen de mi». Habría que ver hasta qué punto la persona está dispuesta a pasarlo un poco mal al expresar una necesidad, o al plantear un desacuerdo. Si no se afronta el malestar, no se puede aprender a afrontar la vida de otro modo. En el artículo sobre pautas y tareas en psicoterapia profundicé bastante sobre este tema.

 

No se puede cambiar la tendencia a ser de una manera, pero sí la forma de gestionarlo

 

Por tanto eso de que la gente no cambia es una verdad a medias, se puede cambiar aunque no siempre es fácil conseguirlo. La psicoterapia y especialmente la terapia cognitivo-conductual, suele ser el modo más abreviado de conseguirlo.

 

Personalidad y sistema inmunológico

En Junio de 2016 se publicó un artículo en la revista Nature en el que se establecía una conexión directa entre el sistema inmunológico humano y la manera de relacionarse socialmente las personas. Anteriormente se habían apuntado hipótesis en las que se establecían conexiones entre estas áreas, pero no acababan de identificarse claramente de qué forma se producían.

El profesor Jonathan Kipnis, uno de los participantes de este estudio, explicó por qué el hallazgo es tan impactante para los científicos:

“Se pensaba que el cerebro y el sistema inmunológico estaban aislados el uno del otro. Ahora, no solo estamos demostrando que están interactuando de cerca, sino que algunos de nuestros rasgos de comportamiento podrían haber evolucionado debido a nuestra respuesta inmune a los patógenos. Es una locura, pero tal vez somos solo campos de batalla multicelulares para dos fuerzas antiguas: los patógenos y el sistema inmunológico. Parte de nuestra personalidad en realidad puede estar siendo dictada por el sistema inmune “.

personalidad

 

El estudio

Durante la investigación en ratones y otros animales, los científicos bloquearon una molécula inmunitaria crítica llamada interferón-gamma. Los animales se volvieron mucho menos sociales de lo que habían sido antes.

Recientemente se han descubierto también en el cerebro vasos sanguíneos que se pensaba que no existían, y que comunican las meninges, la membrana que rodea el cerebro y la médula espinal.

El vínculo entre el sistema inmune y el comportamiento social tiene sentido. Según los autores de este estudio, para el ser humano, ser social es un mecanismo que asegura la supervivencia de la especie. Favorece la alimentación, la reproducción, la recolección, la caza… Pero al mismo tiempo cuando los organismos se acercan mucho por la convivencia también aumentan las probabilidades de diseminar una infección. La manera de evitar que se propaguen los patógenos es generar sustancias químicas que los anulen. Parece que la naturaleza puede haber utilizado el interferón gamma como antídoto que permite que nos agrupemos socialmente y evolucionemos como especie.

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